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Guerra y paz - Страница 395

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Por muchas veces que la experiencia y la razón le demuestren al hombre que, en las mismas circunstancias, si su carácter no ha cambiado, volverá a hacer lo que hizo; cuando por milésima vez aborde en las mismas circunstancias y con el mismo carácter una acción que terminará siempre del mismo modo; se sentirá seguro, como antes de cualquier experimento, de poder actuar como quiera. Todo ser humano, salvaje o culto, pese a todas las pruebas irrefutables presentadas por el razonamiento y la experiencia de que es imposible proceder de modo diferente en las mismas condiciones, siente que sin esa absurda idea (que es la esencia misma de la libertad) no puede imaginarse la vida.

Y no podría vivir porque todas las aspiraciones de los hombres, todas sus exigencias, no son más que aspiraciones a incrementar su libertad. La riqueza y la pobreza, la gloria y el anonimato, el poder y la sumisión, la fuerza y la debilidad, la salud y la enfermedad, la instrucción y la ignorancia, el trabajo y el ocio, la saciedad y el hambre, la virtud y el vicio, no son más que un grado mayor o menor de libertad.

No podemos imaginarnos a un hombre privado de libertad, a menos que esté privado de vida.

Si el concepto de libertad es para la razón una contradicción carente de sentido, como la posibilidad de realizar dos actos diversos al mismo tiempo y en las mismas condiciones o como un fenómeno sin causa, esto prueba solamente que la conciencia no está sometida a la razón.

Esa conciencia de la libertad inquebrantable, irrefutable, no sometida a la experiencia ni a la razón, reconocida por todos los pensadores y sentida por todos los hombres sin excepción, conciencia sin la cual es imposible concebir al ser humano, constituye por sí sola otro aspecto del problema.

El hombre es una criatura del Dios todopoderoso, infinitamente bueno y omnisciente. ¿Qué es, entonces, el pecado, cuyo concepto se deriva de la libertad del hombre? Se trata de un problema de la teología.

Los actos del ser humano están sometidos a las leyes generales, inmutables, estudiados por la estadística. ¿En qué consiste la responsabilidad del hombre frente a la sociedad, concepto bajo el cual reconocemos que el hombre es un ser libre? Se trata de un problema del derecho.

El hombre actúa de acuerdo con su carácter innato y las influencias que recibe. ¿Qué es, pues, la conciencia y el conocimiento del bien y del mal de los actos que se derivan de su libertad? Se trata de un problema de ética.

El hombre, en relación con la vida común de la humanidad, está sometido a las leyes que determinan esa vida. Pero ese mismo hombre, al margen de tal vínculo, parece libre. ¿Cómo ha de considerarse la vida pasada de los pueblos y de la humanidad: como resultado de la actividad libre o no libre de los hombres? Se trata de un problema de la historia.

Sólo en nuestra época, tan segura de sí misma por la divulgación de la ciencia, gracias a un arma poderosa contra la ignorancia como la difusión de la imprenta, el problema del libre albedrío se ha situado en un terreno donde no puede existir como problema. En nuestros días, la mayoría de los hombres calificados como progresistas, es decir, una muchedumbre de ignorantes, considera que los trabajos de los naturalistas, que se ocupan de un solo aspecto del asunto, es la solución de todo el problema.

No hay alma ni libertad porque la vida de un hombre se manifiesta en movimientos musculares, condicionados por la actividad nerviosa; no hay alma ni libertad porque, en un cierto período desconocido de tiempo, el hombre descendió del mono. Así dicen y escriben esos hombres, sin sospechar siquiera que hace miles de años todas las religiones y todos los pensadores no sólo reconocieron, sino que ni siquiera negaron, esa ley de la necesidad que tan celosamente intentan probar ahora por medio de la fisiología y de la zoología comparada. No ven que en esta cuestión el papel reservado a las ciencias naturales se reduce a servir de instrumento para esclarecer un solo aspecto de esa cuestión, ya que desde el punto de vista de la observación, la razón y la voluntad no son más que secreciones cerebrales y el hombre, según leyes generales, pudo descender de animales primitivos en un período desconocido; todas esas teorías se limitan a esclarecer una faceta del problema reconocido desde hace miles de años por todas las religiones y teorías filosóficas: que el hombre, desde el punto de vista de la razón, está sometido a la ley de la necesidad. Pero nada de eso supone el menor progreso hacia una solución del problema, que tiene un lado opuesto basado en el conocimiento de la libertad.

Que los hombres han descendido del mono en un período incierto es tan comprensible como el decir que fueron hechos con un puñado de barro en determinada época (en el primer caso la incógnita es el tiempo; en el segundo, el origen). Y la pregunta acerca de cómo concuerda la conciencia de libertad en el hombre con la ley de la necesidad a la que está sometido no puede tener respuesta adecuada ni en fisiología ni en zoología comparada, porque en la rana, en el conejo o en el mono no podemos observar más que actividad muscular y nerviosa, y en el hombre es evidente, además de ello, la conciencia.

Los naturalistas y sus seguidores, que creen poder resolver este problema, se parecen a los albañiles que, llamados para estucar un muro de la iglesia, en ausencia del capataz y llevados por su celo cubrieron de yeso las ventanas, las vidrieras e imágenes, las columnas y hasta los muros sin terminar, contentos de que, desde el punto de vista de su oficio, todo hubiera quedado uniforme y bien alisado.

IX

La solución del problema de la libertad y la necesidad en la historia tiene, sobre las otras ramas del saber científico que habían tratado de resolverlo, la ventaja de que la historia no se refiere a la esencia misma de la voluntad humana, sino a cómo se explica y manifiesta dicha voluntad en el pasado bajo condiciones determinadas.

Desde el punto de vista de la solución del problema, la historia está, con respecto a las demás ciencias, en una relación igual a la de una ciencia experimental con respecto a las especulativas.

El objetivo de la historia no es la voluntad del hombre, sino la idea que tenemos de ella.

Por esta razón no existe para la historia —como para la teología, la ética y la filosofía— el misterio insoluble del nexo de unión entre la libertad y la necesidad. La historia estudia la vida humana donde la coexistencia de las dos contradicciones ya es una realidad.

En la vida real, todo hecho histórico, todo acto humano se comprende claramente y en forma muy definida sin sentir la menor contradicción, a pesar de que cada hecho parezca en parte libre y en parte necesario.

Para conocer cómo se une la libertad y la necesidad y cuál es la esencia de estos dos conceptos, la filosofía de la historia puede y debe ir por un camino contrario al de las demás ciencias. En vez de buscar primero la definición de los conceptos de libertad y necesidad por sí mismos, aplicándolos luego a los fenómenos de la vida, la historia, entre el enorme número de hechos que maneja, siempre dependientes de la libertad y la necesidad, debe definir esos conceptos.

Sea como fuere la actividad de uno o muchos individuos, no se comprende sino como producto de la libertad, por una parte, y de las leyes de la necesidad, por otra.

Da lo mismo que hablemos de la migración de los pueblos o la invasión de los bárbaros, ya de las órdenes de Napoleón III o del acto de un hombre que una hora antes había escogido tranquilamente, entre varias, una dirección para el paseo; en ninguna de esas manifestaciones vemos contradicción alguna. La medida de la libertad y de la necesidad que ha guiado los actos de aquellos hombres está, para nosotros, claramente definida.

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